jueves, 24 de junio de 2010

El Unicornio

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Matilda cerró los ojos y cuando los volvió abrir había un unicornio enorme y blanco dentro de su habitación. Se quedó atónita, mirando hacia aquel animal de proporciones gigantes, comparado con su pequeño cuerpo de niña.

Ese grandioso animal estaba junto a la ventana, que estaba abierta como lo había estado hacia ya un tiempo, desde que el calor se había instalado en esas noches de verano.

Su pecho y su respiración empezaron a agitarse de tal modo, que casi se podía escuchar por toda la habitación el latido de su corazón.

En ese instante el majestuoso animal relinchó moviendo la cabeza de arriba abajo, hecho que hizo asustarse a la niña que de un salto se sentó en la cama escapándosele un: -¡ayyyyyy! Y agarrando bien fuerte las sabanas consiguió balbucear un: -¿hoolaa?

El unicornio volvió a relinchar y ella lanzó un gritito que sofocó al taparse hasta arriba con las mantas, entonces recordó lo que su mama le decía cuando tenia miedo por alguna pesadilla… “cierra los ojos, respira hondo y relájate, cuando los abras aquello que te perturba ya se habrá ido”.

Matilda cerró los ojos, respiró hondo y de repente un silencio enorme invadió la habitación, abrió los ojos despacio y se asomó tímidamente entre las sabanas mirando hacia el rincón donde estaba el unicornio y... ahí seguía!!! No podía ser... ahí estaba quieto y tranquilo mirando hacia ella. ¡No era un sueño! ¡Había un unicornio en su habitación!

Decidió ser valiente y levantarse de la cama e ir despacio hacia el animal, cuando ya estaba a solo unos centímetros de él, el caballo volvió a relinchar y esta vez llenó las zapatillas de Matilda de saliva: ¡¡aaaaaaaaaaayy!! -Gritó la niña que retrocedió lo más deprisa que pudo y acabó de nuevo en la cama.

-Por favor caballito, ¡para de hacer eso! -gritó la niña que se quedó arrodillada encima de la cama.

Lo intentó de nuevo y avanzó hacia el unicornio lentamente, cuando al fin lo tuvo bien cerca se sintió diminuta al lado de él y miró impresionada su largo y brillante cuerno. El unicornio acarició con su cara la cara de la niña y después sacó su gran y viscosa lengua y se la paso a la niña por la cara.

- ¡iiiuuug!- dijo la niña riendo sin parar- ¡me has llenado de babas!

-Dios, ¡que bonito eres! Nunca había tenido un animal ¡tan bonito y grande!

-Mmm... necesitas un nombre, caballito, ¿como te voy a llamar?- el unicornio relinchó de nuevo, pero esta vez Matilda no se asustó.

– ¡Ya sé! Relincho, ¡te vas a llamar Relincho!

-Bien relincho, seguro tienes hambre, ¿a que si?

-¿Que te puedo dar de comer?

-Sara, tiene en su granja caballos y les da heno… mmm... pero nosotros aquí, en casa, no tenemos de eso… y creo que les da también… ¡ah! ¡zanahorias!

-Espera aquí Relincho, que te voy a traer muchas zanahorias.

Matilda bajó deprisa las escaleras, que separaban la parte de arriba de la casa con las otras dependencias, corrió hacia la cocina, abrió la nevera y consiguió varias zanahorias, después salió a fuera y agarró uno de los cubos que su madre usaba para refrescar el patio, lo llenó de agua bien fresca y lo subió todo a la habitación.

Nadie en la casa, se percató, de los vaivenes de la niña, ni de los golpes y ruidos de su habitación, nadie se fijo en el comportamiento extraño de Matilda, pese a estar la casa llena de gente… estaban sus padres, sus tíos, sus primos, todos los familiares que vivían en las cercanías y los más lejanos, todos habían llegado hacia una semana, cuando Carlitos desapareció.

Carlitos, el hermano menor de Matilda, se había perdido hacia una semana en el bosque, salió a jugar como muchas mañanas pero esta vez no regresó.

Nadie hablaba de ello con Matilda, estaban demasiado ocupados organizando partidas de búsqueda, hablando con la policía…

La niña dejó el cubo de agua en el suelo y se dispuso a dar una a una, las zanahorias a Relincho. Cuando el unicornio acabó de comer y de beber, Matilda se subió encima de la cama para poder montarlo mejor. Una vez encima de su maravilloso unicornio corrieron por la habitación, ella no paraba de reír y gritar de alegría.

Más tarde, se quitó su bata y le dio vuelta, por dentro era de un azul cielo brillante y se la vistió así, al revés y buscó en su caja de diademas una dorada y brillante que le regaló su prima Elvira hacia tiempo.

Vestida con su batita azul brillante y su dorada diadema en la cabeza, jugó a ser una princesa que estaba en apuros y un príncipe montado encima de Relincho, la rescataba de las garras de un dragón verde y feo.

Al anochecer, exhausta se metió en la cama y el unicornio le ayudó con su boca a arroparse, ella acarició la cabeza de su nuevo amigo y la besó:

- Buenas noches caballito, que descanses.

Así transcurrieron cuatro días… hasta que una mañana, a la niña le despertaron unos gritos lejanos, la casa entera parecía que se movía, se levantó de un salto y miró por la ventana.

– ¡Carlitos! ¡Carlitos ha vuelto!-gritó la niña saltando de alegría mientras abrazaba y besaba a su unicornio.

-¡Relincho, mi hermanito ha vuelto y está bien!- abrazó de nuevo con fuerza a su amigo, le besó y se fue corriendo escaleras abajo saltando los escalones de cuatro en cuatro.

- ¡Carlitos! ¡Carlitos!–fue abriéndose paso entre todos los familiares, que rodeaban a su hermano y al fin alcanzó a su hermanito, cuando lo tuvo enfrente se abalanzó sobre él, lo abrazó y lo besó sin parar, mientras unas enormes lágrimas bañaban su cara.

Al fin podía llorar, desde que había desaparecido su hermano, no había podido derramar ni una sola de sus lágrimas, no sabía muy bien por qué.

Mientras seguía abrazando a su hermano, escuchó como sus padres agradecían a un matrimonio de pastores, el que encontraran y cuidarán de su hijo hasta que pudieron traerlo de vuelta.

Entonces Matilda, recordó una cosa…

-¡Ven Carlitos! –cogió del brazo a su hermano y se lo llevó casi en volandas, adentro de la casa.

-¡Matilda hija! ¿a donde te llevas a tu hermano?-gritó su mamá.

-¡A mi cuarto, mamá! ¡Ya volvemos!

-¡Ven carlitos! shhh... te tengo que presentar a un amigo, cuando lo veas no te lo vas a poder creer… ¡te va a encantar! ¡jajaja!

Matilda llegó a la puerta de su habitación, exaltada y feliz como nunca lo había estado antes, la abrió despacito, ante la mirada expectante y curiosa de su hermano, pero una vez abierta... en ella no había ni rastro del unicornio.

-¿Relincho?? –dijo la niña recorriendo toda la habitación.

– Uh Carlitos, que pena… me hubiera gustado tanto que lo conocieras.

Aquí comienza la aventura, con este pequeño cuento que espero os guste ^_^