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jueves, 1 de julio de 2021

La Fuerza de Narayani (Parte 2): El Amor sabe a Mango

Narayani es demasiado fuerte para ser una mujer, al menos así lo creen sus vecinos en la India; mientras que Luis en Barcelona, lucha por aceptar que quizá su padre tenga razón y sea demasiado débil para ser un hombre. Os traigo la continuación de la historia de Narayani y dejo aquí el enlace de la primera parte: La Fuerza de Narayani (Parte 1). 

Narayani llegó enferma a su pueblo o eso creyó ella, el corazón le palpitaba a gran velocidad y tenía sudor frío en la frente. Entró en su casa, soltó el gran saco dejándolo en el suelo y se fue hacia la cama a recostarse un poco. Su madre, al verla así, se asustó muchísimo. Narayani nunca enfermaba, ni siquiera  en aquella epidemia que les sacudió años atrás...

 -¿Hija mía, qué ocurre? ¿Dónde te duele?

 -En el pecho, madre…

 La madre acercó su mano al pecho de Narayani y observó que este, le iba a gran velocidad.

 -¿Hija pero qué ha ocurrido? ¿Ha pasado algo en la ciudad?

Narayani entonces cerró los ojos y durante unos segundos vio la figura de Luis, allí en el suelo tendido. Al recordarlo una nueva punzada apareció, esta vez, en la boca del estómago.



Luis llegó al hotel, se dio una ducha y se estiró después en la cama envuelto en su albornoz. Tenía que llamar por teléfono a sus padres y también a algunos de sus amigos. Habían pasado demasiados días desde la última vez que habló con ellos, pero lo cierto es que no estaba de ánimo. No podía quitarse de la cabeza el incidente del mercado. Hacía tiempo que no se encontraba con esa parte de él, con la parte que más le avergonzaba, con ese miedo irracional y esa debilidad que aparecía cuando menos lo esperaba.

 -Dios mío... ¿Qué habrá pensado aquella chica?- dijo en voz alta, mientras hundía su cara en la almohada. 


Al siguiente sábado Narayani preparó las cosas para ir al mercado, se despidió de sus padres y al salir, lo hizo también de los vecinos de la casa de al lado, que estaban en ese momento en la puerta. 

La mañana estuvo tranquila. Los bolsos y los primeros vestidos que cosió su madre se iban vendiendo muy bien, así que decidió tomarse un pequeño descanso para comer algo. Alzó la vista y vio que en el puesto del frutero se exhibían unos deliciosos mangos y siendo su fruta preferida, no se pudo resistir. 

 -Sunita...- le dijo a la muchacha que estaba en el puestecito de al lado vendiendo especias- ¿Podrías vigilar mi puesto un momento?

-¡Claro!- le dijo la muchacha con una sonrisa.

 Así que Narayani caminó hacía los mangos...

En casa, de pequeños, los compartían y al acabarse, comenzaba la lucha por el hueso que era dulce y tenerlo en la boca dando vueltas ayudaba a despistar el hambre, al menos por un rato. 

El puesto de fruta estaba regentado por Ranjit, un hombre algo tosco pero de gran corazón. El hombre siempre quedaba sorprendido al ver que aquella muchacha tan delgada, se pudiera llegar a comer hasta siete mangos. Pues siempre compraba la misma cantidad y sin embargo volvía a casa sin ellos.

“Siete mangos nada menos”... pensaba Ranjit, mientras acababa de llenar la bolsa y se la ofrecía a la muchacha con una sonrisa que dejaba a la vista, los escasos dientes que aún conservaba.

Narayani se alejó unos pasos y metiendo rápidamente la mano en la bolsa, sacó uno de los jugosos mangos. No pudo esperar más para hincarle el diente. Así que abrió la boca lo más que pudo y en ese momento sus ojos también se abrieron como platos, pues delante de ella a unos metros estaba Luis, caminando con una cámara de fotos colgada del brazo. Se apartó el mango de la boca y mientras masticaba con dificultad el gran trozo que había mordido, notó de nuevo ese dolor en el pecho que terminaba en el estómago.

Luis se detuvo a hablar con un hombre grande y corpulento, que tenía aspecto de ser un conductor de los que llevaban de ruta a los extranjeros. La cámara fotográfica que llevaba Luis no era como las que Narayani había visto hasta ahora, era más sofisticada y en ese momento sus ojos se detuvieron en los gestos que él realizaba mientras hablaba.

Contempló lo delicadas y finas que eran sus manos, y sus delgados y largos dedos pálidos. Un ardor desconocido para ella recorrió su cuerpo… y de nuevo se sintió enferma.

Luis caminaba hablando con aquel hombre y Narayani le seguía a unos metros de distancia, pasó por delante de su puesto y Sunita la saludó creyendo que ya regresaba, pero ella sin casi mirarla le hizo un gesto con la mano y le susurró...  -ya vengo dame un momento.

Casi hipnotizada, continuó detrás de ellos escondiéndose entre las columnas para no ser vista.

Luis estrechó la mano de aquel hombre y después se separaron, seguramente habrían llegado a algún tipo de trato para que le llevara a algún destino. Luis se detuvo a mirar unos planos mientras su cámara seguía colgando del brazo, cuando dos muchachos de unos dieciséis o diecisiete años, salieron corriendo no se sabe de dónde y estiraron de ella con fuerza.

Luis gritó:-¡¡NOOO LA CAMARA NOO!!- y la sujetó como pudo por la cinta, mientras los chicos estiraban con más fuerza hasta que lograron tirarle al suelo, él intentaba seguir aferrado a la cámara…

-¡¡OS DOY DINERO!! ¡EL RELOJ! ¡LO QUE QUERÁIS! ¡PERO LA CAMARA NOO! ¡POR FAVOR! ¡LA NECESITO!- lo dijo en español, en inglés, en francés… pero los muchachos no atendían, solo chapurreaban entre ellos algún idioma que Luis desconocía y seguían estirando con violencia.

Luis estaba en el suelo polvoriento y forcejeaba sin éxito, cuando los muchachos estiraron con más brusquedad y le arrastraron unos pasos hacia adelante haciendo que el brazo derecho derrapara por el suelo, rompiéndole la camisa blanca de algodón y causándole una quemadura que le hizo gritar de dolor. -¡¡AAAhhh!!- gritó y Narayani sin pensarlo dos veces, se acercó con paso decidido hacía los chicos. Sacó de la bolsa dos mangos y lanzándolos con un golpe certero, le dio a uno en un ojo y al otro en la cabeza.

-¡Ah! ¡Aah!- esta vez gritaron ellos, el más alto hizo un gesto como para ir hacía donde Narayani, entonces ella sin dudar y sin temblar ni un ápice, sacó otros dos mangos de la bolsa y con una voz firme y decidida les dijo unas palabras que Luis no llegó a entender y cuando levantó de nuevo el brazo armada con los mangos, los muchachos salieron corriendo dejando atrás a Luis, con su preciada cámara.

Entonces ella aun exaltada y enfadada, se acercó a Luis para ayudarle a levantarse y sacó otro mango de la bolsa para ofrecérselo, pero Luis instintivamente se echó hacia atrás asustado. 

Él ya había visto lo que era capaz esa mujer, de hacer con unos mangos...

Narayani le miró a la cara y después miró el mango en su mano... y sin poderlo remediar soltó una gran y amplia carcajada mostrando así, sus hermosos y grandes dientes.

Luis la contempló atónito e inmediatamente analizó toda la situación, todo lo que había sucedido… y también comenzó a reír. Los dos rieron a carcajadas durante un buen rato. Lagrimeaban… que situación más surrealista y disparatada pensó Luis. Él había quedado magullado con la camisa rota, despeinado y todo lleno de polvo y tierra.

Luis paró de reír y la miró muy serio a los ojos.

-Gracias- le dijo.

Ella con las mejillas rojas a punto de explotar y sin mediar palabra, sujetó la palma de la mano de Luis y le depositó de forma contundente un mango. Dio de forma brusca media vuelta y se alejó con paso firme y los brazos pegados al cuerpo.

Luis se quedó allí, inmóvil... mirando el mango.

 

CONTINUARÁ…


                                                     (Fin de la segunda parte)


La tercera y ultima parte, la traeré pronto escrita al blog (pero ya la tenéis disponible en el canal de youtube).

Hasta el próximo día :) 

 

jueves, 13 de diciembre de 2018

Ronualdo, el Príncipe Sapo




Ronualdo creció y vivió pensando que en realidad era un príncipe atrapado en el cuerpo de un sapo. 

Estaba tan convencido de ello que caminaba erguido, se mantenía a dieta de moscas y perseguía sin parar a princesas para que le dieran un beso, que acabara con su embrujo.

Una noche de lluvia apareció en el bosque Ernestina, una de las hijas del rey, danzaba haciendo eses y no paraba de reír... ¡esta es la mía! pensó el sapito y se lanzó de un salto a los morros de la embriagada princesa.

-¡Muaaaaah!

-¡Ahhhhh!!- Gritó la pobre princesa que se fue a toda prisa hacia el palacio.

Ronualdo, extasiado por la alegría de haber conseguido al fin su meta, esperó unos minutos a que el embrujo desapareciera. 

Pero cuando llegó el amanecer, una idea escalofriante atravesó su ser... 

¿Y si en verdad era un sapo?

Cabizbajo comenzó a caminar... ya no iba erguido y una mosca que pasaba por allí, acabó en su boca.

Pasaron los días y el sapito desaliñado deambulaba sin rumbo... 

Caminando, caminando... llegó a una charca donde se encontró con una ranita con la que había charlado alguna vez:

-¡Uy Ronualdo!! ¿qué te ha pasado?

-Nada, soy un sapo, solo eso...

-Vaya, qué pena, pensaba que eras diferente… siempre me gustaste con tu forma de hablar elegante, tu postura hermosa... Es una lástima que al final resultaras igual que los demás, ¡chao! -dijo la ranita mientras se alejaba de nenúfar en nenúfar.


Entonces otra idea alcanzó a Ronualdo...

Quizá no podría llegar a ser nunca un príncipe humano, pero sí podría seguir siendo...

¡Un príncipe Sapo!


~ FIN ~


En esta ocasión os traigo un cuento un poquito más infantil que escribí hace muchos años, espero que os guste aunque es muy sencillito y corto. Es uno de los primeros cuentos que narré a los niños en el centro para explicarles de alguna forma aquello tan antiguo de: 

“Si la vida te da limones, haz limonada”.

Hoy es 13 de Diciembre otra vez  :) y aunque esta tarde me toca trabajar y el día está oscuro y lluvioso, quiero disfrutarlo al máximo.


¡Hasta el próximo día! 

martes, 24 de noviembre de 2015

Somni Somne (La pequeña Musgo)


La pequeña Musgo no tenía el cabello color plata como sus hermanas, ni la piel blanca como el marfil. Ni siquiera sus colmillos brillaban tanto como los de ellas, ni eran tan largos y afilados.

A duras penas y le asomaba de la boca, uno muy pequeño.

Con la llegada del alba las Somni Somnes, regresaban a la Niebla y allí permanecían hasta el nuevo anochecer, todas menos Musgo, que se deslizaba en el interior de la tierra húmeda del pantano bajo un árbol enorme que cubría el cielo.


Su cabello color verde mortecino, pasaba desapercibido entre las plantas que cubrían el lodazal. 



Una noche en que sus hermanas partieron en busca de tristezas y lamentos de los que alimentarse, la pequeña ascendió de entre el lodazal y escuchó una melodía lejana que atrapó toda su atención.

Fue caminando bosque a través totalmente extasiada por aquella música, que sin saber por qué, le atraía irremediablemente.

Cuando llegó al final del bosque divisó una bonita casa de tejas negras y descubrió que aquel hermoso sonido, provenía de una de las ventanas abiertas de la planta de arriba.

Trepó entonces por una de las cañerías cercanas a la ventana y asomándose discretamente por ella, sus ojos negros como la noche, contemplaron a un joven niño de rizos oscuros y perfectos, de aspecto lánguido, que no tendría más de nueve años y observó que como ella, tenía la piel pálida y sombras lilaceas bajo los ojos.

Aquella música producía en la pequeña Musgo algo casi hipnótico pues sin darse cuenta y dejándose llevar, puso sus pies descalzos y llenos de barro dentro de la habitación.

De pronto una voz que provenía de la planta de abajo de la casa, interrumpió al pequeño que tocaba concentrado con los ojos cerrados.

-¡Víctor! ¿No me oyes? ¡Deja ya el violín por hoy, por favor!

-¡Si madre!- dijo mientras dejaba el violín sobre la cama.

-¡No! -exclamó en un arrebato Musgo -no pares por favor...

Cuando Musgo se dio cuenta de lo que acababa de hacer, se asustó muchísimo y quiso salir corriendo, pero entonces Víctor girándose hacía la ventana preguntó...

-¿Quien anda ahí?

La pequeña se armó de valor y pasando a través de la ventana, entró de nuevo en la habitación.
Pero el niño, siguió preguntando...

-¿Hay alguien? ¿Quién es?

-No... no... ¿No me ves?- dijo extrañada y con algo de temor Musgo, pues sintió que estaba llegando muy lejos con todo aquello...

-No, no te veo ¿quién eres? ¿Qué haces en mi cuarto?

Musgo ya estaba demasiado cerca del muchacho y se dio cuenta que realmente no la podía ver, entonces se fijó en sus ojos que eran grandes y blancos.

-Lo... lo siento... yo solo vine, por que escuché algo tan hermoso que venía de aquí...

-¿De verdad te parece que toco bien el violín?

-¿El... violín?

-Sí, ¿no sabes lo que es un violín?

-No...

-Vaya, realmente eres una niña muy rara. ¿Vives cerca de aquí?

-Si...

-¡Víctor! ¡Ve metiéndote en la cama, que ya subo!

De nuevo la voz que venía del piso de abajo, les interrumpió...

-Es mi madre, deberías irte, no le parece bien que reciba visitas ni que tenga la ventana abierta, aunque siempre aprovecho mis ratos con el violín para abrirla.

Musgo subió una pierna al alféizar de la ventana y se disponía a marcharse, cuando Víctor le preguntó...

-¿Vendrás otro día? Me gusta saber que… alguien escucha mi música.

Pero Musgo, ya se había marchado. 



Cuando Víctor cumplió doce años, supo que algo ocurría con aquella niña que le visitaba cada noche, pero que jamás crecía.

Abrió la ventana y sujetando su robusto violín, comenzó a tocar.

Se había vestido para la ocasión con un hermoso chaleco gris que dejaba a la vista, la cadena dorada de su reloj de bolsillo y sus rizos oscuros, que caían de forma delicada y perfecta sobre su frente, parecían castaños bajo la luz tenue del único candelabro de la estancia.

Al poco tiempo escuchó aquellos pequeños pasos que le eran tan familiares y mientras en su rostro se dibujaba una gran sonrisa, comenzó a tocar con más intensidad.

Esa noche por motivo de su cumpleaños su madre quiso hacerle una pequeña concesión y le dejó tocar hasta más tarde, esto hizo que la pequeña Musgo no se diera cuenta de lo poco que faltaba para el alba, hasta que el picaporte de la puerta comenzó a girar.

Entonces veloz, salió por la ventana y se escondió dentro del musgo del tejado.


Cuando sus hermanas regresaron de madrugada y vieron preocupadas que no estaba, Melusina la hermana mayor, decidió ir a buscarla aún arriesgo de desaparecer para siempre con los primeros rayos de sol.

Musgo no podía olvidar lo enfadada que estaba su hermana cuando la encontró, ni el peligro que  había corrido por su culpa.

-“Las criaturas eternas no deben ser vistas jamás, es antinatural y peligroso, ningún humano debe saber de nuestra existencia” –repetía entre susurros Melusina a la pequeña.

Sin embargo aún estaban a tiempo de arreglar lo ocurrido. Musgo solo tendría que robar un mal sueño de Víctor y alimentarse por primera vez, de tristezas y lamentos, pues se convertiría así, en una Somni Somne completa y ambos se olvidarían.

-“Pero cuidado”-, le advirtió su hermana mayor, pues solo tendría una única oportunidad. Si algo saliera mal, se quedaría así para siempre.

La pequeña, que había anhelado siempre ser como sus hermanas y vagar con ellas en la noche, sintió por primera vez la punzada de las dudas.



Cuando el muchacho entró en la habitación, sintió aquel olor húmedo y barroso que anunciaba que tenía visita. Se acercó a la cama y se disculpó por no haber estado en su cuarto, desde hacía más de un mes.

Sabía que su amiga estaría esperándole, pues hacía tiempo que se acercaba a la casa aunque no hubiera melodía que la atrajese.

A Musgo le pareció que estaba más delgado y que su rostro reflejaba cansancio. Él se recostó en la cama cerca de ella, que estaba sentada tocando las cuerdas del violín.

-Te compensaré, siento no haber estado esta vez en mi cumpleaños, lo celebraremos como cada año, te lo prometo- dijo el joven mientras cerraba los ojos.

Musgo que concebía el tiempo de una forma distinta, no sabía que Víctor ya había cumplido catorce años hacía unas semanas. Dejó el violín a su lado y se levantó para marcharse, pero él en un hilo de voz le pidió que se quedara, un poco más...

La pequeña se recostó a su lado en la cama. En medio de ellos, su amado y ajado violín.


Víctor dormía cuando ella comenzó a sentir aquel cosquilleo extraño, era como un hormigueo que recorría todo su diminuto cuerpo, contempló como el muchacho se movía y agitaba inquieto. 
Entonces lo entendió. Víctor estaba teniendo una pesadilla.

Fue más y más fuerte la necesidad imperiosa de hacerse con ese mal sueño y en ese mismo instante Musgo decidió dar el paso, pues ese era su destino.

Su cuerpo comenzó a resplandecer, su piel pálida y verdosa dio paso a un color blanco como el marfil, su único colmillo se alargó brillante y al otro lado, apareció otro similar. Su cuerpo ahora ligero como una pluma se elevó y sus cabellos se tornaron de un blanco luminoso.

El cambio estaba sucediendo, pero la pequeña abrió los ojos y contempló el rostro de su querido amigo, entonces recordó... "después de esa noche, ambos se olvidarían".

Un sentimiento asfixiante de miedo y nostalgia se fue apoderando de ella, interrumpiendo el proceso y arrebatándole la oportunidad de cambiar.

No se había alimentado y el sueño no fue robado, su cuerpo dejó de ser liviano y etéreo. El peso de la materia la empujó contra el suelo, recuperando su forma y quedándose así, para siempre.

Las Somni Somnes aquella madrugada no esperaron a su hermana, de alguna forma sabían lo  sucedido y aunque respetaban su decisión, volvieron a la niebla tristes y silenciosas.




Los años pasaron veloces y Víctor, que se había convertido en un hermoso joven de dieciséis años, ese día recibiría la visita de Musgo un poco más tarde que de costumbre.

La pequeña esperó con paciencia a que la tierra no estuviera tan húmeda, había sido un día muy lluvioso y no quería poner la casa de Víctor perdida de barro, como ya había sucedido en más de una ocasión por culpa de sus pies descalzos.

La madre de Víctor comenzaba a estar muy asustada por aquellas pisadas pequeñas y extrañas, que aparecían desde hacía años, en el cuarto de su hijo.

Asomó su cabecita de pelo verde por la ventana, ahí estaba Víctor, acostado en su cama y como siempre cerca de él, su amado violín.

Entró sigilosamente a la habitación, pues Víctor tenía un oído muy fino y las veces que quiso sorprenderle, él siempre se anticipaba y la descubría.

Pero esta vez parecía profundamente dormido. Cuando estuvo cerca de su cara, le tocó con un dedo la mejilla... pero la retiró enseguida, pues estaba muy fría.

"La ventana abierta", pensó... entonces se dirigió a la ventana, para cerrarla.

Musgo no entendía que pasaba, pues estaba haciendo bastante ruido y sin embargo Víctor no se despertaba, ni se movía... se acercó de nuevo a la cama.

-¿Víctor?... - le susurró al oído.

Entonces escuchó unos pasos que venían de la escalera, quiso salir corriendo, pero acababa de cerrar la ventana y ahora no lograba abrirla, no tuvo más remedio que esconderse bajo la cama.

Todo lo que ocurrió a continuación, fueron gritos y desgarro... llantos y lamentos.

Musgo se tapó los oídos, no quería oírlo...

Víctor, se había ido. 



Durante años Musgo siguió visitando aquella casa, pues aunque ahora estaba abandonada, la cama y el violín de Víctor seguían ahí.

Le gustaba estirarse en la cama junto al violín, esperando así el alba.

Sus hermanas al verla regresar la rodeaban con cantos antiguos y luces. Pero Musgo se sumergía en su lugar, sin que consiguieran animarla. 


Durante cien años Musgo continuó con aquella costumbre, pero un día al intentar entrar en el cuarto de Víctor se encontró con cosas movidas de lugar y muchas cajas por toda la estancia.

Entró en la habitación con cautela, pues escuchaba voces que venían de la planta de abajo.

En ese momento la puerta se abrió de un golpe brusco y Musgo se quedó inmóvil del susto.

Ante ella, había una niña de coletas rubias y rodillas regordetas. Parecía pequeña, de unos cuatro años. La niña de pecosas mejillas y sonrisa mellada, dejo caer al suelo la cajita que llevaba en las manos llena de juguetes y la miró desafiante...

-¿Tú quién eres? Este es mi cuarto, ¿sabías?

Entonces los ojos de la niña se desviaron y miraron con entusiasmo el violín que había sobre la cama.

La niña se acercó a la cama para cogerlo pero en un inesperado arranque, Musgo se adelantó y lo cogió.

-Oh... ¿es tuyo?

Musgo no supo que decir...

-Es muy bonito- dijo la niña sin apartar los ojos de él.

Musgo entonces miró el violín con cariño...

-Está un poco roto y es muy viejo... pero sí... es muy bonito. Toma, para ti.

La niña lo tomó con ilusión y se quedó abrazándolo mientras Musgo salía por la ventana,
despidiéndose para siempre, de aquella casa.  



Desde el encuentro con aquella niña Musgo no había emergido del lodazal, sus hermanas vagaban por el pantano preocupadas, llamándola sin cesar.

Hasta que una noche, una melodía envolvió el bosque...

Melusina contempló aliviada como su hermana ascendiendo a la superficie, se alejaba del gran árbol encaminándose bosque a través.

Musgo sabía que no podía ser... pero aquella música, se parecía tanto...

Siguiendo de nuevo aquel sendero que tan bien conocía, apareció ante ella su amada casa de tejas negras.

Trepó hasta la ventana del cuarto que había sido de Víctor y mirando en el interior, vio que ya no estaba el papel marrón de flores sepias que envolvían las paredes de la habitación, ni el escritorio antiguo, ni aquel reloj de péndulo enorme...

Ahora los colores vibrantes saltaban de las paredes que estaban cubiertas de imágenes de personas vestidas de negro, con correas y metales, en el cuello y las orejas.

Sobre la cama que ahora estaba cubierta de sabanas de un azul intenso, había sentada una joven de cabello morado, corto y puntiagudo, que tocaba con maestría el violín de Víctor.

El violín tenía aspecto de haber sido cuidado, pues parecía rejuvenecido.

Tan impactada estaba la pequeña ante todo lo que estaba contemplando, que olvidó que no debía asomarse tanto.

La música cesó de repente:

-¡Oh dios mío!- gritó aquella chica mirando hacía la ventana.

Musgo dio un brinco al verse descubierta y quiso salir corriendo, pero entonces la muchacha dijo...

-¡Sabía que no lo había soñado! ¡Lo sabía! ¡Sabía que existías!

Musgo se quedó congelada...

-Dios mío, llevo esperando este momento, ¡desde que era niña!

-Lo siento... yo solo vine, por que escuché... -titubeó Musgo...

-¿Que… Que eres? ¿Un... fantasma?

Musgo no supo que responder.

-¡Marie! Tienes la cena desde hace media hora esperándote, ¡quieres bajar ya!

Musgo estaba saliendo por la ventana…

-¡Eh! -le susurró Marie- ¿Vendrás otro día?

Pero Musgo, ya se había marchado. 




Marie continuó tocando el violín y Musgo, siguió sin poder resistirse a ir a verla... y cuando los dedos de Marie se hicieron ancianos y ya no pudieron tocar más, pasaban largas horas en la noche sentadas y hablando en susurros con la puerta cerrada.

Mientras hablaban Marie tejía calcetines, para que su nuera no acabara descubriendo, a causa de las pisadas de barro, que los cuentos que contaba la abuela a sus nietos, sobre una criatura pequeña de un solo colmillo, pálida y ojerosa, que habitaba en la noche y que tenía cabellos largos y verdes como el musgo y ojos totalmente negros como el carbón, existía de verdad. 



Y un día Marie, también se marchó. Pero Musgo que había comenzado a visitar cada noche la tumba de Víctor y ahora también la de Marie, no se entristeció.

Pues ahora comprendía que el amor que habita en el interior de la verdadera amistad, era incluso más eterno que ella misma.

...y siempre habría, en algún lugar, una nueva oportunidad de amar.



Cerré el blog por un tiempo... pero a partir de hoy, vuelve a estar abierto. 

Traigo además un cuento nuevo, que deseo de todo corazón os haya gustado :)


¡Hasta el próximo día! 


jueves, 27 de noviembre de 2014

El Bosque de los Sueños Rotos

(Colaboración con Lola Godoy)



Cuando el pequeño búho llegó al bosque de los sueños rotos, el otoño había cubierto todo de color ocre y el crujir de las hojas secas al pasar, le recordaba que ya no podía volar. 

Comenzó a vagar con su ala malherida, triste y asustado, pues todo se veía peor desde ahí abajo.

Un día, cuando parecía que nada iba a cambiar, comenzó a llover cada vez con más intensidad y el buhito muy mojado, buscó un lugar donde poderse cobijar. 

Cuando ya no podía estar más empapado, una seta enorme, apareció a su lado.

Entonces se metió debajo y al ver que estaba bien resguardado, se acurrucó y se durmió un buen rato. 

Un balanceo extraño le despertó desconcertado, sobre él seguía la seta, pero ya no estaban en el suelo mojado, ahora estaban ambos en una cesta de mimbre que llevaba muy alegre una niña en el brazo. 

Al darse cuenta de la nueva situación, al pequeño búho, se le escapó una exclamación: 

-¡Uh uh, uh uh! -dijo el buhito sin pensar y entonces la niña extrañada, en el cesto comenzó a mirar... 

-¡Menuda sorpresa! -exclamó la niña- ¡Si es un búho!

Y cogiéndolo con una mano, se dio cuenta de que estaba lastimado.

-Pobrecito, estás herido, pero yo te cuidaré y muy pronto estarás bien.

Y entonces, el buhito confió: En las palabras de la niña, en que su suerte podía cambiar y en que sus alas, se podían curar.


Pues la única forma de escapar del bosque de los sueños rotos,  
es volviendo a confiar.  

A primeros de Octubre Lola Godoy de: Redecorate con Lola Godoy,  me propuso algo que me hizo especial ilusión y acepté enseguida. 


Me comentó si me apetecía escribir un pequeño relato infantil, muy cortito, para acompañar una de sus artesanías. El protagonista sería este precioso Búho de Otoño que aparece en las fotografías. 


Muchas gracias Lola :) me encantó hacer esta colaboración, gracias por confiar en mí para ello. 

Si os apetece ver la entrada preciosa que hizo ella en su blog, os la dejo aquí:


De paso conoceréis su trabajo, que es maravilloso pues en su generosidad comparte siempre los procesos creativos que ha realizado y de los que se puede aprender mucho. 



¡Hasta el próximo día Haditas!

Os espero en el tejado...



**(Actualización): En 2018 narré este relato para subirlo al canal de youtube, lo he añadido aquí y os dejo el enlace a la entrada original donde publiqué el audio:

https://luaseomun.blogspot.com/2018/10/cuento-de-otono.html


miércoles, 22 de octubre de 2014

El Hada del Tejado




Sentada en el tejado notó como un peso gigante se apoderaba de su pecho 
y una fuerza sombría le apretaba el corazón. 

En ese instante exhaló un suspiro y se le escapó la ilusión. 

Desesperada y algo aturdida dio dos toques al aire con su varita 
pero de nada le sirvió, pues por todos es sabido, 
que no hay magia sin ilusión.

Bajando con dificultad volvió al mundo humano y el gris la atrapó. 
Todos los días eran iguales y nunca más hada, se sintió. 

La luna se olvidó de sus cuentos y los gatos en la noche se perdieron. 
Ella con su voz les llamó, pero más y más lejos se fueron. 

Cansada se resignó a ser lo que los humanos esperaban, 
hasta que una noche desvelada, una voz lejana le susurró: 

"Recuerda pequeña, recuerda, 
¿Donde está la llave de tu ilusión? 
No está afuera sino adentro, 
está en tu corazón". 

Al día siguiente al despertar trenzó sus rizos para empezar, 
faldita de tul y destellos, cuando sus pies tocaron el suelo.

Su varita comenzó a brillar 
y sus sueños se prendieron como luces en el cielo.

Sentada de nuevo en su tejado, 
volvió a narrar pequeños cuentos inventados, 
la luna se asomó y los gatitos se acercaron.

Y aunque llovía y se mojaba, ya nada le importaba
 pues sabía que un nuevo comienzo, la esperaba. 


Gracias a la maravillosa Ilustradora Marta Sarmiento por hacer realidad mi "hadita del tejado".


Recibir la ilustración original fue una experiencia emocionante e inolvidable. Ahora la tengo enmarcada en mi salón ^_^


Marta, gracias por tus maravillosas palabras y por los cabeceros hermosos que has realizado tanto para este blog, como para las demás plataformas. 

Pero sobre todo, gracias por ser la pieza esencial que hizo brillar de nuevo mi varita. 

Si alguna vez pusiera en duda la existencia de las Hadas, solo tendría que entrar en su mundo para volver a creer en ellas:




Y ahora sí con mucha emoción puedo decir que he vuelto ^_^



martes, 11 de diciembre de 2012

Maribel, hada madrina despistada




En el tiempo en el que la magia, solo existía en las varitas mágicas de las hadas madrinas, vivía un hada poco común, no era seria y estirada como el resto de sus compañeras y pasaba horas inmersa en su propio mundo interior.

Estas peculiaridades, resultaban algo molestas para el resto de sus compañeras, ya que a menudo la acusaban de no tomarse en serio la magia e incluso dudaban, de sus cualidades como hada madrina.

Como si todo esto no fuera suficiente, el Hada Madrina Maribel tenia un defecto, que la convertía en blanco de burlas, y es que era, terriblemente despistada.

Tal era su despiste, que cada día estrenaba varita mágica, ya que había perdido la anterior, en no se sabe que punto del planeta.

Cuando la divertida y atolondrada hadita, había perdido su varita numero 1.000, Mirtha, la jefa del consejo de las hadas Madrinas, decidió no darle mas varitas mágicas, pese a que estaban faltos de personal y la tierra cada vez, estaba mas necesitada de magia.

El Hada Maribel sentadita en su tejado, pensó entristecida que ya no podría cumplir los deseos de los niños, ni un montón de cosas que ella amaba hacer y es que ella, había intentado no perder sus varitas, pero aun así, las perdía.



Pero un día, algo diferente, comenzó a nacer... cada día llegaban misivas informando, de avistamientos de arco iris en lugares lúgubres y tristes, estrellas fugaces cumpliendo deseos de niños soñadores, elfos, ninfas y duendes, ocupándose de proteger ríos, bosques y montañas... incluso algunos humanos, comenzaron a desarrollar dones extraordinarios.

Definitivamente, algo estaba ocurriendo, el mundo entero estaba dando señales de magia, ¿como era posible? solo las varitas mágicas, de las hadas madrinas, tenían ese poder... entonces... ¡entendieron!

Maribel, al ir perdiendo sus varitas, fue sembrando, sin saberlo, el mundo de magia.

Cuando el consejo se enteró de esto, le dieron una nueva varita mágica y decidieron dejarla ser, tal y como era, si perdía alguna varita... pues esta, se convertiría en magia, de la que estaba tan necesitada el mundo.

Y así fue, como el Hada madrina Maribel, pese a ser una hadita despistada, volvió a ejercer el trabajo que tanto amaba.

Si alguna vez, cae repentinamente una varita sobre tu cabeza, recuerda que en ocasiones, tu mayor defecto, puede ser...

Tu gran virtud.

Espero que os guste este cuento pequeñito, lo tenéis también disponible en mi canal de youtube .


Gracias por estar ahí y hacerme tan feliz :)


martes, 3 de enero de 2012

El hombre del mercedes rojo



Lo que os voy a narrar a continuación no es un cuento inventado, es algo que viví...

-EL HOMBRE DEL MERCEDES ROJO-

Hace unos años, cuando todavía estaba estudiando, me ofrecieron un trabajo a través de mi madre, en una residencia de ancianos. No era una residencia común, las personas que vivían allí eran adineradas: antiguas cantantes de opera, curas jubilados con cierto estatus social, personas que habían poseído negocios importantes...

Entre ellos, conocí a un cura muy pintoresco, pues me explicaba que se alegraba de su estrabismo por que esto le permitía verme repetida dos veces: "Veig dos Lluçias!" me decía en catalán.

También vivía allí una mujer de pelo cano y rizado, que siempre lloraba como una niña, hasta que te acercabas a darle la mano y entonces te obsequiaba, con la sonrisa desdentada más hermosa que vi en mi vida.

Una antigua locutora de radio, alta y delgadissima con una melena cortita, gris y lisa y unas gafas de pasta negra muy gruesas, que siempre paseaba por los pasillos gritando improperios a diestro y siniestro, un señor andaluz, que me saludaba siempre haciendo palmas por que al hacerlo, yo daba un saltito y movía las manos como si bailara sevillanas y eso le hacía reír muchísimo.

Un hombre que había estado en el campo de concentración de Mauthausen, al que le faltaban dos dedos de una mano y siempre te contaba todo lo que él vivió allí, pero era un hombre que te explicaba su vida, desde el amor y desde la paz de aceptar y entender, que le tocó vivir algo cruel, pero que tuvo la gran suerte de sobrevivir y poder contar después su historia, para que no se repitiera nunca más.

Un señor que había sido dueño de una fabrica de sombreros, que tenia atemorizadas a las enfermeras por su mal genio, era muy alto y grande y empujar su silla de ruedas por las calles de Barcelona, mientras me proponía matrimonio y fugarnos en ese mismo instante, fue para mi toda una odisea.

Con este hombre, me pasaron mil y una aventuras, ya que un día por ejemplo, apareció su hija con un paquetito de regalo, era una pulserita de plata preciosa, yo no entendía nada... pero su hija me comentó que al llevarse a su padre de fin de semana, en uno de sus paseos, su marido, le regaló una pulsera a ella y su padre al ver esto, le exigió que inmediatamente me comprara una para mí, la de la mujer era de diamantes y como era lógico no me iba a comprar una igual, así que para que su padre parara de armarle escándalo, me acabó comprando una para mí, mucho menos costosa.

Yo no entendía por que si la residencia estaba llena de enfermeras, recepcionistas, camareras.. siempre se me declaraba a mí, pero un día, me contó, que era la única que no iba con uniforme y eso, le daba confianza...

Ahora si, llegó el momento de hablaros, de la verdadera protagonista de esta historia, pero antes, no me hubiera perdonado jamás, no mencionar al ramillete de personas encantadoras que os nombré. Personas, que siempre me acompañarán...

                                                 


En una de las múltiples y variadas salas, reinaba en el único sillón azul de la residencia, la mujer más anciana del lugar. Su porte elegante, hacía disimular los 103 años que tenía, sí, habéis entendido bien, tenía 103 años.

Coqueta, caprichosa, malhumorada y clasista, se había ganado el sobrenombre de "La Channing" (como la malvada de la telenovela "Falcon Crest").

Las enfermeras auxiliares, temían la hora de su baño, ya que las gritaba llamándolas plebeyas y les decía que las iba a denunciar a todas, por ser tan osadas de tocarla estando desnuda...

"La Chaning" tenía un único familiar, una sobrina nieta que la visitaba en escasas ocasiones ya que viajaba mucho por su trabajo y tenía que ocuparse también, de su propia familia. Sin embargo, siempre estaba al corriente de todo lo que le sucedía y no deparaba en gastos, para que a su tía, no le faltase de nada.

La mujer tenía a una de las enfermeras encargada de hacerle compañía todas las tardes, se sentaba a su lado, le leía el periódico y le daba conversación, ya que ella no quería participar nunca, en las actividades programadas para diversión de los residentes, supongo en parte, por que la mitad de su cuerpo se había quedado inmóvil muchos años atrás, a causa de una embolia y solo conservaba visión en uno de sus dos ojos, con el que tan solo veía algo borroso.

Me preguntaron si podría dedicarme todas las tardes exclusivamente a ella, ya que a la enfermera le estaba siendo imposible, por que se debía también, al resto de los ancianos. Me pareció bien, yo la había visto alguna vez gritando y me temía lo peor, pero acepté.

Entré en la sala despacio, la enfermera le hablaba y ella sentada en su sillón azul asentía de mala gana.

Cuando me acerqué la enfermera le dijo: -"Mire esta chica tan jovencita estará con usted a partir de ahora todas las tardes, es que yo no puedo tengo que seguir trabajando, ¿entiende?"

A lo que ella contestó: -"¡Claro que entiendo! ¿Crees que soy tonta? ¡Será estúpida la mujer esta!"

La enfermera sonrió y le dio un beso pese a los movimientos que hacía de desaprobación con la mano y el pie que aun conservaban movilidad.

-¡Ay que gruñona! ¡ayy!- decía la enfermera mientras le seguía dando besos.

A mi me sabia mal que le estuviera obligando a aceptar besos, era evidente que la Señora no tenía ganas de recibirlos y sentí que tampoco le gustaba que la tratasen como una niña pequeña gruñona, que no se enteraba de nada.

-Bueno, me marcho y le dejo con la chica...

-¿Como se llama?- le dijo la Señora en un susurro.

-Lucía, se llama Lucía, ¿verdad?- dijo mirándome...

Yo, asentí con la cabeza y ella se levantó de la silla.

-Bueno guapa, ahí te dejo con ella... paciencia sobre todo, es una mujer muy mayor, ya te dijeron la edad que tiene, ¿verdad? por eso no le hagas mucho caso si te insulta o lo que sea... yo creo que le has caído bien, cuando has entrado por la puerta me ha dicho "que elegante viene, ¿no?"

-¿Elegante?- le dije extrañada.. solo iba vestida con una camisa blanca y unos pantalones negros.

-jajajaja- rió la enfermera- es que ella solo ve a gente vestida como nosotras, pues claro, a ti te verá tan jovencita y así vestida...

-Creí que no veía...- le dije sorprendida.

-Solo ve a través del ojo derecho y muy poquito, pero a veces supongo que tiene mejor visibilidad por que a menudo me comenta cosas, que yo no hubiera imaginado que vería.

-ah... ¿esta es su silla de ruedas?- le pregunté.

-Si, es esa, colgado tiene su bolso, dentro solo lleva un pequeño espejo, un pintalabios rojo, un perfume y un cepillo, ella necesita que el bolso siempre esté cerca aunque no lleve nada de valor dentro. Se pone muy nerviosa si lo pide y no se lo das de inmediato. Bueno guapa, eso es todo, cualquier cosa, para cambiarle el pañal y todo eso... llama a las enfermeras, ¿entendido?

-Aha...-volví a asentir con la cabeza.

Al fin nos habíamos quedado solas... en la sala donde ella solía estar, casi nunca había ancianos, era una sala muy soleada, pequeña y poco concurrida.

Yo no sabía muy bien que decir, ni que hacer... me senté en una silla cerca de ella y le pregunté si le apetecía que le leyera el periódico o si le apetecía un zumo o alguna cosa, ella muy sería me dijo que no con la cabeza.

-Esta sala es muy bonita...-dije intentando romper el hielo...

-Si lo es, si...

-Pero... un poco solitaria... ¿no cree usted?

-No, me gusta así, no me gusta que las viejas que viven aquí estén conmigo, me miran de arriba abajo y siempre están diciendo tonterías de viejas chochas.

-Ah.. entiendo... -dije aguantándome la risa.

-Soy hija de un militar de Francia muy importante y mi madre era una mujer muy bien situada de Madrid. No es normal, que me mezcle con esa gentuza.

Mientras me explicaba un poco su vida, vi que me hablaba como si estuviéramos en una novela ambientada en los años 30, a veces se le escapaban expresiones más actuales, pero siempre hablaba así y decidí hacer yo lo mismo... así que cada vez nos hablábamos con más respeto y rimbombancia, la una a la otra.

En una ocasión me dijo...

-Me gusta como hablas, pareces bien educada... no como la lesbiana aquella...

-Perdone mi señora, ¿como quién?

-Si, como la que nos presentó... ¿no viste los besos que me daba? era muy tocona...

Ahí mismo casi me desparramo de la risa... pero claro, debía mantener la compostura.

Los días pasaron y la rutina diaria siempre era la misma:

Yo llegaba a las 16.00 en punto (ella muy avispada, preguntaba a las enfermeras la hora, antes de que yo llegara) y cuando entraba en la sala me decía:

-Muy bien querida, veo que hoy has sido puntual, continua así.

Después yo le acercaba el bolso en cuanto ella me lo pedía, sacábamos el cepillo y ella se peinaba sola con la mano buena, pobre de mí si le insinuaba que le cepillaba yo el pelo...

-¡NO SOY UNA INÚTIL!- decía muy enfadada.

-Tiene razón, disculpe mi atrevimiento- le respondía yo... y entonces me sonreía... pocas veces lo hacía, así que era todo un logro.

Ella se peinaba perfectamente sin verse, tenía el pelo con una melenita color caoba preciosa, después me pedía que sacara del bolso su pinta labios rojo y eso si me dejaba pasárselo por los labios, con mucha delicadeza se los pintaba y a ella le encantaba hacer ese gesto de juntar los labios para sellar el color. Los ojillos se le iluminaban y después el toque final, sacaba el perfume de su bolsito y le rociaba con él mientras ella levantaba la cabeza hacía arriba.

-¡Esta usted como una princesa!- le decía- y su cara en ese momento resplandecía de felicidad.

Después yo llamaba a dos enfermeras, que la sentaban en la silla de ruedas y salíamos al pasillo...

-¿Lo ves, lo ves?- me decía- ¿ves como todas me miran?... no lo soporto...

En verdad, las ancianas estaban sentadas en unos banquitos que habían en el pasillo, a cada lado de donde estábamos y la gran mayoría estaban durmiendo... pero supongo, que como veía un poco borroso, pensaba que la miraban a ella.

Mi primer impulso fue decirle que no la estaban mirando, que estaban durmiendo, que estuviera tranquila... pero ya llevaba un tiempo con ella y se me ocurrió, por suerte, lo mejor que le podría haber dicho...

-Mi querida señora, la miran por que los hombres la desean y las mujeres la envidian- y dije esto con un poco de miedo, nunca se sabía... pero entonces sucedió algo mágico... se giró hacía mí como pudo en la silla de ruedas y me dijo- ¡ven! ¡ven que te dé un beso! ¡ay, ay! ¡que buena criada eres!- y me plantó un beso enorme en la mejilla, marcandomela de pinta labios rojo, bajo la mirada atónita de las enfermeras y la recepcionista, que al pasar por su lado antes de salir a la calle, me dijo:

-Ya me dirás que has hecho, ¡para que la Chaning te dé un beso!

Salimos a la calle como cada día, pero ella iba mas feliz que de costumbre, pasamos por un semáforo en verde camino al parque que hay cerca de Sagrada Familia, siempre íbamos a ese por que es el que esta mas cerca de la residencia, es una zona con mucho trafico y los coches pitaban...

-¡¿Es a mí?!- gritó la Señora...

Yo no sabía muy bien a que se refería, pero volvieron a pitar los coches...

-¡¡¿Es a mí?!!- volvió a gritar...

-mmm ¡Si, es a usted!- dije esperando ver que me decía... para saber yo, por donde continuar...

-¡Ayy! ¡no puede ser! ¡es él!- me dijo entusiasmada...

-¿Él?- le pregunté...

-¡Si! ¡Siii, el Señor del Mercedes Rojo! ¿No lo ves??

Dudé unos instantes.. ¿que debía hacer?... y entonces dije... -¡Siii lo veo!!

-¡¿Por que me estará pitando?!!

-Por que usted, hoy, esta especialmente bella, mi querida señora...

-¡¿De verdad?! ¿Tu crees??!! ay mira que hacía tiempo que no lo veía, pensé que ya no me quería seguir pretendiendo...

-Pues, ¡ya ve que si! ¡y es muy apuesto!

-Si, ¿verdad? bueno, bueno... continuemos hacía el parque a ver que hace... ¡No le mires! ¿eh? que se crea que no lo hemos visto.

-Como usted mande...

Y seguimos paseando hasta el parque, entre risas y cuchicheos de si estaba el señor del mercedes rojo, dando vueltas por el parque todo el tiempo, que si esos pitidos eran él...

-Valgame dios, ¡que insistente!- decía la Señora.

-Es que se le ve muy interesado en usted.

-¿Como tengo el pelo?

-Delicioso...

-¡Ayyy dios mio! Quiero que sepas, que cuando me case con él, te voy a conservar como criada, una no encuentra una criada así de buena, todos los días. Tu te casas con tu novio y le dices que deje de ser marinero y os venís a mi mansión, él como jardinero y tu a cuidarme... ¿que te parece?

En ese momento, no entendía nada... mi novio, ¿marinero? y recordé que una vez me preguntó si tenía novio, le dije que si... y me preguntó que donde estaba, en ese momento mi pareja estaba en Mallorca trabajando, pero era un viaje solo de una semana, pero ella dedujo que era marinero...

-Para mi será un placer y un honor acompañarle.

En ese momento, comenzó la aventura del Señor del Mercedes Rojo, cada día nos inventábamos algo nuevo de él...

-Es viudo y tiene dos hijos ya mayores y casados...

-No se decide a pedirle matrimonio por que los hijos se oponen a que se vuelva a casar... ¡tienen ustedes un romance clandestino! ¡¡Que emocionante!!

-Ay querida, pintame hoy muy bien los labios, para que se derrita al verme...

-Señora mía... no mire, no mire, pero nos esta siguiendo...

-¡Oh querida! ¡disimule, disimule!

A la hora de la cena yo la llevaba hasta el comedor, le servían siempre un puré, en ese momento ella se tenía que sacar la dentadura postiza, que insistía en hacerlo ella sola y la guardaba en una servilleta. Después ella solita cogía la cuchara y comía. Con su mano buena hacía siempre todo lo que podía y se irritaba muchísimo, si le intentabas hacer las cosas de otra forma.

Yo siempre esperaba a que se comiera su yogur de coco, que es el que siempre escogía. Después le daba un beso y me marchaba a casa.

Un día, de camino a la residencia, me crucé con la enfermera que antes le hacía compañía y le comenté lo del Señor del Mercedes Rojo y ella me dijo:

-¿A ti también te viene, con esa tontería? yo le decía: ¡que no mujer! ¡que esos son pitidos del trafico!! Creo que es bueno, intentar mantener en la realidad lo máximo posible, a las personas mayores, ¿no te parece?

No supe que responder... y unos remordimientos terribles me comenzaron a rondar... ¿quizá yo estaba ayudando a que se le fuera la cabeza? ¿a que viviera en un mundo irreal? Y si eso, ¿no era bueno para ella?

Ese día decidí, no fomentar la fantasía del Señor del Mercedes Rojo.

Ella no decía nada al respecto, pero la veía mas seria de lo normal, estaba decaída, triste... solo tenía ganas de dormir y así fue, se pasó toda la tarde durmiendo, cuando llegó la hora de cenar y vinieron las enfermeras a pasarla del sillón azul, a la silla de ruedas, le dijeron:

-¿Que pasó hoy?, ¿toda la tarde durmiendo?, ¿no ha querido salir a ver al señor del mercedes?-y dirigiéndose a mi- no sabes lo entusiasmada que esta con su pretendiente, hoy bañándola, ni nos ha gritado.

-No, hoy no ha pasado por aquí... -dijo apenada la Señora.

Sentí tanta pena, que decidí en ese mismo instante retomar la fantasía y pensé que era mejor verla feliz creyendo en una fantasía, que triste y durmiendo toda la tarde. Me daba igual lo que me hubiera dicho la otra enfermera.

Así que de camino al comedor, le dije que el señor del Mercedes Rojo había pasado, mientras ella dormía, dando vueltas por la residencia, que lo había visto a través de la ventana de la sala, pero que me sabía mal despertarla y por eso no le había dicho nada.

Ella entonces me regañó, por que yo debía haberla avisado y yo me disculpé... pero después cenó muy animada, planeando lo que haríamos al día siguiente.

El 23 de Abril, día de Sant Jordi, hay la costumbre en Cataluña de que los hombres le regalen una rosa roja a sus enamoradas... yo le había comprado una muy bonita, por que me apetecía tener un detalle especial con ella, pero llegando a la sala, por el pasillo, pensé que le haría mas ilusión si le decía que era del Señor del Mercedes... y así fue... aun recuerdo sus gritos de alegría y como me pidió que deprisa cortara la rosa y se la pusiera con un imperdible en la chaqueta que llevaba puesta, para que él viera cuando saliéramos que le había gustado.

-¡Como huele! ¡Como huele!- estaba tan feliz...

Semanas mas tarde, saliendo de la residencia para nuestro paseo, se percató que en la entrada detrás de un cristal, habían muchas flores rojas... (siempre habían estado ahí, eran de plástico y adornaban la entrada).

-¡OH QUERIDA! ¡mira todas esas flores!

-¡Que preciosas!

-¿Las habrá dejado él?

-¡Claro que si!

(Ella que de tonta no tenía ni un pelo, me ponía cada día más difícil la fantasía, preguntándome cosas cada vez más complicadas...)

-¿Y por que me las ha dejado en la entrada y no en mi habitación? -me dijo algo disgustada..

-Por que él quería que todo el mundo las viera, para que todos se enteren de lo mucho que la ama y para que se mueran de envidia las otras mujeres.

-¡Ayyy!!! ¡Que gran hombre!! ¿Verdad?

-¡Mucho señora!...-Y yo respiraba aliviada...

Los días de invierno llegaron y no podíamos salir, por que hacía demasiado frío, así que dábamos largos paseos dentro de la residencia...

-¡Vamos a ver las flores que me ha dejado hoy!- decía animada la señora... y nos acercábamos a donde estaban las flores de plástico de la entrada.

El tiempo fue transcurriendo... y sin darme cuenta, había pasado un año entero junto a ella, cumplió entonces 104 años y las cosas comenzaron a cambiar... se sentía muy cansada, débil y somnolienta, daba mucha tristeza contemplar como se iba apagando... así que ya no me iba cuando acababa de cenar, me quedaba un poquito más y subía con ella y la enfermera a su habitación, para darle las buenas noches.

-El señor del Mercedes... no se quiere casar conmigo, ¿verdad?- me dijo de repente un día en la habitación...

-¿Como que no? claro que quiere... ¿por que dice eso?

-Por que nunca entra en la residencia... y nunca me pide matrimonio.

-Bueno... por que hace poco que enviudó y usted sabe como es la gente... quiere evitar habladurías.

Esta respuesta la dejó conforme, pero ya no se mostraba tan ilusionada como antes...

El 30 de diciembre subí con ella a la habitación, mientras le explicaba que al día siguiente no podría venir, por que me marchaba con la familia a celebrar la noche vieja.

Cuando ya estaba metida en la cama, le seguí explicando que el 2 de enero vendría a verla, saldríamos a pasear y veríamos al Señor del Mercedes Rojo, al nombrarlo... ella me interrumpió:

-ay Lucía... no digas tonterías...-mientras con una leve sonrisa me tocaba la mano.

En ese momento me quedé atónita... ¿acaso ella sabía que todo había sido una fantasía? ¿Un juego entre nosotras?

Cerró los ojos y se durmió, yo me quedé allí quieta junto a ella, por que algo dentro de mi sabía... que no la volvería a ver.

El 31 de diciembre, un poco antes de las doce, falleció, me lo comunicó su sobrina al día siguiente.

Estuve semanas llorando... todo el mundo me decía que no llorase, que era normal... "¡Tenía 104 años!" pero yo solo sentía que había perdido a una amiga.

Una noche soñé, que caminaba por la residencia hasta llegar a su habitación y ella estaba tumbada en su cama, al verme se acomodó hasta quedar sentada y entonces mirándome muy seria me dijo:

-¡Quieres dejar de llorar!- ese día me desperté sobresaltada... había sido tan real... así que con una sonrisa, por primera vez en muchos días, le dije mentalmente... que sí, que la dejaba ir... que ya no lloraría más.

Meses después, ya recuperada, volví a la residencia y al pasar por el largo pasillo, no pude evitar desviar la mirada hacía la sala... donde seguía estando, ahora vacío... el único sillón azul de la residencia.

En memoria de la Señora Alonso, que me enseñó a ver al hombre del mercedes rojo y comprender que la edad, solo existe en el corazón.